El de la bruja fea

Cuentan que hace mucho tiempo, en un país más lejano que la cocina de vuestra casa, vivía una pitonisa capaz de predecir el futuro inmediato. Se ocultaba de la luz del día en un fumadero de opio abandonado, pues el Sol le quemaba la piel aún con litros de crema protectora. Además, en el fumadero todavía quedaba sustancia.


Imagen | Layoutsparks.com

La pitonisa se llamaba Dolores, pero era conocida como Lola. Su nombre era tan temido como un perro verde con rabia y rara vez era pronunciado más alto que un susurro. Sus ojos, inyectados de conjuntivitis durante la primavera debido a su alergia al polen, infundían terror y un poco de asquete. Sus ropas, roídas por las polillas adictas al opio que habitaban el fumadero, eran negras como la noche y tan sugerentes como el culo de un mandril con hemorroides. La belleza de la bruja brillaba más por su ausencia que por su opulencia y hasta el hombre menos agraciado de los alrededores había preferido la soledad de un baño con pestillo a yacer con semejante mostrenca. La pobre.

Un buen día, sin embargo, un apuesto caballero de tierras lejanas pisó el fumadero buscando colocarse. ¡Cuál sería su desilusión al encontrar aquello destartalado y habitado por una especie de rana bípeda!

– ¿Quién anda ahí? – preguntó la bruja.
Don Juan de Viruta, mi señora – respondió el caballero.
– ¿Y dónde queda Viruta, apuesto caminante?
– Al sur, muy al sur. ¿Cuál es su nombre, señora?
Señorita, caballero. Señorita Dolores. Mas no me llame Dolores, llámeme Lola.
– Y dígame, oh Lola, ¿se encuentra abandonado este fumadero o es sólo una mala broma de mi imaginación?
– ¿Abandonado? ¡No! – mintió la muy bruja, desesperada porque aquel hombre que pisaba su casa no huyera como tantos otros antes. Es que era fea, fea. De verdad.
– Entonces sírvame una pipa, si es menester.
– Enseguida, Don Juan, pero póngase cómodo, por favor. – Entonces señaló algo que parecía una cama bastante incómoda – Utilice ese futón.

Y así fue cómo la bruja preparó a escondidas un compuesto combustible que introdujo a traición en la pipa que le sirvió a Don Juan de Viruta, de profesión, caballero, mientras éste yacía en eso a lo que aquélla había llamado futón. Aunque él seguía viendo una cama muy incómoda. Y calada tras calada fue Don Juan cayendo en el embrujo de la bruja, valga la redundancia y valga el colocón que agarró el caballero de Viruta. Y más tarde la bruja empezó a aparacérsele más y más bella al buen hombre. ¡Oh, inocente de él! Pues terminó por besarla convencido de que besaba a la más hermosa de las damas. Y recostóse con ella en el futón y de lo que pasó después aquella noche no le es permitido a este juglar dar parte a vuesas impresionables mercedes.

No se sabe qué poderoso embrujo utilizó aquella mujer para embaucar al esbelto Don Juan, pero se sabe que, a pesar de que nadie volvió jamás a aquel fumadero de opio, el hechizo es todavía hoy conocido por muchas mujeres carentes de belleza, pues no pocos son los hombres que alguna vez amanecen encontrándose cara a cara con una hijastra de Lucifer. Puede que el de Viruta fuera el primero en ser hechizado, mas no fue, ni mucho menos, el único. Ni sabemos si habrá último.

Moraleja: Cuidadito con lo que bebéis y los fumaderos de opio que pisáis, ¿eh?

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Una respuesta a “El de la bruja fea

  1. Esto.. como que “No se sabe qué poderoso embrujo utilizó aquella mujer para embaucar al esbelto Don Juan”, ya te lo digo yo, fueron las drojas, aunque ya se dió un caso parecido… solo que a este “mozo” en realidad le quitaron los P.O.s

    Un saludo!

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