El del caballero que se desvivió por su princesa

Hablan los cuentacuentos del barrio de Vallecas de una princesa que vivía presa en un castillo sin puertas. Los magos de Lepe construyeron aquel castillo en torno a ella nada más nacer, pues temían que algún príncipe pudiera desposarla y convertirse en rey. ¿Qué había de malo en ello? Eran magos republicanos y les gustaba mucho hacer castillos y dar por saco.

Oyó un apuesto caballero hablar de aquel castillo sin puertas y metiósele entre ceja y ceja ir a rescatar a la princesa y casarse con ella. Cuentan que era alto y que sus ojos eran azules como los autobuses de Madrid, que se afeitaba cada cuatro lunas para poder lucir una vez a la semana una perfecta barba de tres días y que su voz era dulce como una torrija. Dicen de él que vestía un peto y se llamaba Mario, que tenía un hermano llamado Luis y que era aficionado a las setas, amén de otras muchas drogas blandas. Su empleo se desconoce, mas las malas lenguas dicen que se encontraba en paro y que por eso tenía tiempo para ir a rescatar princesas en mundos lejanos. Otros dicen que era fontanero, pero nunca se le vio arreglar un cagadero.

Consiguió el caballero un escudo y una espada y partió hacia el castillo sin mapa ni nada. Largos días de travesía le esperaban hasta llegar a su amada y él lo sabía, mas no por ello decrecía su valor, su entrega, ni el tamaño de su vejiga, pues supo ir al baño antes de dejar el hogar. Enfrentóse a numerosos peligros y los superó todos con gran habilidad. Por el camino halló una extraña boda en lo que parecía un fumadero de opio abandonado pero logró sobreponerse a la curiosidad y seguir adelante. Apartó de su camino a cuantos osaban plantarle cara, ya fueran hombres, mujeres, monstruos o esponjas amarillas que hablaban. No desfalleció ni un momento y, finalmente, se encontró frente a las puertas del castillo. Perdón, quería decir frente a los muros.

¡¿Hay alguien en casa?! – gritó.
– ¡Pues claro! ¡Imbécil! – respondió una voz femenina desde el interior. El caballero supo entonces qué voz tenían los ángeles recién levantados.
– He venido a salvaros, princesa – dijo, esperando calmarla.
– Perfecto. Esperad a que salga, ¡oh salvador! – contestó la princesa en tono irónico. Era un tanto impertinente, pero el caballero estaba enamorado y esas contestaciones no importaban. No eran sino otra prueba más antes de llegar a su verdadero amor.
– Id arreglándoos, princesa. Yo encontraré una grieta en el muro y desmontaré piedra por piedra para que podáis salir.

Y así pasaron días y meses hasta que el apuesto caballero consiguió abrir una puerta por la que poder sacar a la princesa. Y al entrar vio que la princesa era hermosa, pero que no había terminado de arreglarse. Y ella lo miró y, tras una pequeña mueca de asco, le habló.

– No me gustas, caballero – soltó como si nada.
– Pero he removido tierra y agua para salvaros, princesa – respondió perplejo.
– Pero no me gustas. Podemos ser amigos.

Y el caballero entendió entonces que nunca enamoraría a la princesa, pues había entrado en la temida zona amigos de la que tanto había oído hablar. La princesa acabó casándose con uno de los magos que la habían encerrado y fue feliz, pues resultó que le gustaba que la trataran mal. Tantos años sin salir de casa vuelven loco a cualquiera, pensó el caballero, y partió al fumadero de opio que había encontrado en sus aventuras para ver si aquella extraña pareja le invitaba a una pipa o si la esposa tenía alguna amiga.

Moraleja:

Hay que saber en qué momento se deja de ser un caballero y se empieza a ser un pagafantas.

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2 Respuestas a “El del caballero que se desvivió por su princesa

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